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Hacia el final del documental, Nicolás Prividera lee un discurso en memoria de su madre, Marta Sierra (es importante mencionar los nombres de los desaparecidos). Prividera dice “la memoria posibilita la acción política” y es sobre esta misma idea, la dimensión política del recuerdo, que se construye M.

M comienza con las trabas burocráticas que tiene el protagonista/director para acceder a los expedientes de las y los detenidos durante la dictadura. Enorme paradoja la del tiempo: aunque hay registros en internet, las personas que estuvieron implicadas en su momento callan. Ésta relación generacional o, mejor dicho, los efectos del tiempo, está presente también en las pintas callejeras que filma Prividera, hay una imagen de Proust en una pared y en otra parte se puede leer “asesinos” y algunas consignas políticas. Los espacios físicos están cargados de memoria, aunque se intenten pintar de nuevo.

En este hecho de confrontar una entrevista (la memoria del pasado) con las imágenes cotidianas (sus recorridos a pie por la Plaza de Mayo) se puede ver una preocupación muy interesante por el montaje como correlato de la propia memoria. El director es muy consciente de cómo funcionan las imágenes, cómo crean sentido una al lado de otra o la potencia que tienen al pasarlas por un proyector.

Las imágenes del pasado están en diálogo con el presente, pero de ellas no se puede obtener jamás una verdad, ni siquiera una pista (también hay que pensar en el montaje como un falso recuerdo). Prividera parece ir a la caza de sus imágenes, lo vemos revisar fotografías como Rick Deckard. En algún momento del documental las incisivas entrevistas se convierten en una charla entre compañeros militantes, hablan del pasado político de Argentina y discuten su presente. El diálogo acompaña a la memoria.

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