Benedetta

Benedetta ★★★★

¿Para qué discutirlo? Benedetta es claramente misógina. No tanto como un Quentin Tarantino, porque encuentra en la feminidad una agencia política que se impone sobre las dinámicas patriarcales, pero el kitsch conscientemente desbocado de Paul Verhoeven aprovecha la posibilidad más trivial para el encuere. Y sin embargo la ausencia absoluta de decoro conlleva también el importante significado de la insurgencia carnal. 

Verhoeven desnuda a sus protagonistas una vez tras otra, sin embargo su mirada no expresa tanto su lascivia sino la de los personajes. Sorprende incluso, que muchos de los planos partan de la distancia y, más que excitación, promuevan la autonomía del cuerpo que, libre de la ropa monacal, se expresa a sí mismo como los cristianos siempre lo han temido: natural, impoluto.

La trama sigue la vida de Benedetta, una monja del siglo XVII que asumió su matrimonio con Jesús como la vía para adquirir el poder de su convento y luego abandonarlo. ¿Habrá sido su misión un acto revolucionario o una forma arrepentida de ambición? Verhoeven nos propone incluso que Benedetta haya sido una genuina emisaria providencial, pero, como en el mayor cine cristiano, de Rossellini a Dumont, nos deja con la duda. 

Eso no evita que la película sea atravesada por temas fascinantes, desde la revelación a partir del orgasmo y la locura, hasta un protofeminismo que adquiere el poder con el solo fin de destruirlo. Habrá quien piense que los chistes de pedos y la violencia de un Jesucristo vengador son un detrimento, pero en realidad son tanto la firma de un autor que siempre se ha regodeado en lo excesivo, como la sincronía con las formas de Rabelais y Quevedo. Sobre todo, se trata de una golpiza a los ideales cristianos de decencia, heredados de una institución opresora, más que de la palabra en la que dice basarse. Quizá de ese modo Verhoeven sea una especie de gnóstico guiado no por los mandatos de la autoridad eclesial sino por las revelaciones cotidianas del cuerpo.