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Prividera camina. Camina y piensa. Camina encorvado, casi desahuciado, enfundado en un sobretodo que recuerda a un detective ya cansado del film noir tardío. Camina el presente pensando en el pasado, buscando al pasado, trayendo al pasado de vuelta, rastreando sus marcas en el hoy como lo hiciera Resnais en Noche y Niebla.

Prividera conversa. Conversa y discute. Discute y provoca. Provoca y (se) pregunta por qué. Una y otra vez por qué. Por qué desaparecieron los desaparecidos, por qué callaron los que callaron, por qué aún hoy callan los que callan, por qué no hay datos, por qué no hay nombres, por qué no hay cuerpos, por qué su enojo y por qué no estamos todos enojados. Pero sobre todo conversa. Con su hermano y con otres parece implementar aquello tan simple como en desuso del método socrático: caminar y conversar. Tiene sus ideas, por supuesto, pero no las impone. No va a confirmarlas con sus entrevistados. Sus opiniones suenan tanto como el conjunto de voces que no son la suya.

Prividera filma. Filma y edita. Edita y por ejemplo monta consecutivamente una plaza en el presente y la misma plaza en su niñez. Edita un discurso de Videla sobre su caminata o sobre una televisión sin señal. Sobreimprime títulos godardianos. Funde a negro y el fundido a negro aparece como la mejor forma de representar la desaparición. El negro absoluto. Monta y se ubica él como sombra, como espectro del presente, en una foto pasada. Una foto imposible junto a su madre para regalarnos un momento que es hermoso y que es poético pero que también es narrativo y es justo.

Prividera habilita la discusión. Habilita la discusión siempre. En el epílogo de su película fraguando un reencuentro de viejos compañeros para ponerlos a discutir sobre la actualidad a los que fueron hace 40 años, o escribiendo una crítica, o en los comentarios de una crítica ajena, o en la crítica a una revista ajena. No le importa. Él evidentemente necesita la confrontación, necesita un otro aunque sea sólo un interlocutor al que vomitarle broncas viejas. Tal vez sea misántropo, no lo sé, pero sabe que no puede solo.

Yo mismo me irrito muchas veces cuando lo leo, y no coincido, y no coincidiré, pero qué bueno es. Qué necesario es que exista alguien tan enojado como él para enojarnos a nosotros. Porque efectivamente tendríamos que estar más enojados de lo que estamos casi siempre.

Cristhian liked this review