Wolfwalkers ★★★★

Hay un lugar común en la crítica cinematográfica que nos previene de cometer dos errores peligrosos:

–No critiques de acuerdo a cómo te gustaría que fuera una película, sino critica según lo que la película es –advierten con ojos fulminantes los obispos de la integridad fílmica.

Considero que dicho mandamiento nos previene contra la imaginación centrífuga y el pensamiento nómada, dos errores que son mejor dicho aciertos.

Carlos Pereda acuñó la idea de imaginación centrífuga –y de pensamiento nómada– para referirse a una lectura que fantasea. No existe la sobreinterpretación, apunta el filósofo, sólo lecturas que se fugan.

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Wolfwalkers cuenta la historia de una niña que quiere salir de su hogar para cazar lobos como su padre. Sin embargo, ni él ni la comunidad en la que vive, se lo permiten. En cambio, tiene que conformarse con las tediosas actividades del hogar.

Admito que la película aborda, sobre todo, lo depredador que es el hombre con la naturaleza y, también, cómo podemos adoptar la mirada del otro, del “salvaje”, para dejar de entenderlo como una amenaza. De todas formas quiero detenerme, con imaginación centrífuga, sobre un punto en apariencia menor: cómo se representa el tedio de las actividades domésticas en el filme.

¿Qué imperativo debe seguir Robyn Goodfellowe, la protagonista de Wolfwalkers? ¿Quédate en casa o aventúrate al bosque?

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